Especial para La Palma
Friday, October 13, 2006
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SANTO DOMINGO, Repblica Dominicana — Una estatua de Cristo se encuentra sobre las paredes beige casi desmoronadas de la cárcel más grande de esta nación, un símbolo discordante de la protección divina para un lugar que se ha ganado la fama de ser un infierno en la tierra.
Dentro del portón del penal La Victoria, 4.000 reos viven apretados dentro de un espacio construido para castigar a 1.000 personas. El mal olor de hoyos utilizados como inodoros llena las celdas oscuras y poco ventiladas. Pedazos y pisos de concreto sirven como camas. Se sirven las comidas de un barril plástico sucio.
A dos horas de las costas estadounidenses, el reconocimiento de los derechos humanos más básicos es aún un trabajo en desarrollo.
Los esfuerzos por controlar la propagación de enfermedades infecciosas están aún más atrasados.
Las cifras de tuberculosis resistente a medicamentos son conocidas como unas de las más elevadas del mundo aquí, donde los prisioneros se amontonan contra las barras de las entradas a las celdas buscando un poco de aire. El doble de las personas son infectadas con el VIH en el Caribe cada año comparado con todo Norteamérica; pero los médicos en La Victoria no tienen idea de cuántos prisioneros padecen del virus.
Y las consecuencias de los defectos de esta prisión no se contienen dentro de sus paredes.
Los miércoles y domingos son los días de visita, cuando como un respiro a tanta miseria, los portones de esta prisión se abren a 2.000 visitantes: esposas, novias y cientos de prostitutas que atienden a docenas de hombres o más durante una visita. Las reservas de preservativos en la prisión se acabaron hace cinco meses.
Aún así, desde el fin de semana de Labor Day, los oficiales de la prisión dicen que no saben de un solo prisionero que haya sido infectado con este virus que lleva al sida.
Fue entonces que un médico estadounidense, John May, hizo otra de sus visitas, trayendo apoyo y provisiones, incluyendo los exámenes rápidos del VIH.
May es jefe oficial médico del Armor Correctional Health Services, con base en el sur de la Florida, el cual provee cuidados médicos a reos de seis instituciones en la Florida, incluyendo cárceles de los condados de Palm Beach y Broward. May ha ayudado a presos en los Estados Unidos durante los últimos 14 años.
También es director médico de Health Through Walls, una organización no lucrativa que él fundó el año pasado para traer suministros donados y conocimientos a prisiones en el Caribe y Africa. Con ese trabajo, y durante cinco años anteriores por su propia cuenta, May ha visitado algunas de las instituciones penales más pobres del mundo.
Son misiones humanitarias, pero, señala May, también crean conocimiento de la causa de la salud pública en los Estados Unidos.
Cifras cinco veces más altas
En cualquier prisión, donde personas con altos riesgos y pocos recursos se concentran, la cifra del VIH puede ser tan alta como cinco veces la de la población general. El Caribe tiene la segunda incidencia del virus más alta del mundo, y la isla de La Española, la cual la República Dominicana comparte con Haití, tiene la incidencia más alta de VIH en este hemisferio.
Las luces brillantes de los hoteles y casinos de Santo Domingo no revelan señal alguna de que una situación tan grave existe en esta capital y en los destinos para los turistas estadounidenses, donde hombres estadounidenses corren hacia sus habitaciones con mujeres jóvenes y hombres bien vestidos que ejercen la prostitución, a quienes les dicen sanky pankies, sirven a los extranjeros.
Pero mientras la epidemia del sida cumple casi 25 años, el turismo sexual y la inmigración continúan acelerando la propagación del virus de un país a otro.
Los tratamientos mejorados para enfermedades infecciosas en países en proceso de desarrollo, dice May, no sólo ayudan a quienes podrían considerarse abandonados, sino que también podrían detener la propagación del VIH y tuberculosis en los Estados Unidos.
May habla en un tono bajo, y se detiene primero para pensar. Pero sonríe rápidamente, y el total de sus palabras muestra un optimismo exaltado y una determinación desenfrenada. Cuando describe circunstancias sombrías, habla de "oportunidades", y cuando habla de peores circunstancias, habla de "oportunidades perdidas".
Temprano en su carrera de medicina, May vio esta oportunidad en cárceles y prisiones: "Tienes un grupo de personas definido, y puedes hacer una gran diferencia en sus vidas".
A través de estudios enfocados en los prisioneros, él se hizo experto en las causas y efectos de la violencia por armas, y habla con emoción sobre el tema antes de pedir disculpas por cambiar de tema.
Fue en una conferencia internacional del sida en Sudáfrica que vio una presentación sobre las condiciones en las prisiones de la República Dominicana.
Durante los últimos seis años, May ha establecido contactos con organizaciones no gubernamentales en Tanzania, Jamaica, Haití y la República Dominicana, y a través de eso ha aprendido a navegar los abismos y percances de burocracias de estos países.
En la República Dominicana, encontró a Martha Butler de Lister, una ex líder del programa nacional del sida. Ahora ella administra la Fundación Génesis, una organización que enlaza grupos no lucrativos con recursos. Doctora y especialista en salud pública, ella atendió a algunos de los primeros pacientes con sida, antes de que la enfermedad tuviera nombre. En 1985, su primo de 25 años murió de sida en Nueva York. Su compromiso por luchar contra la epidemia creció mientras vio que los números proyectaban que la enfermedad acapararía los recursos de su país.
Ahora, la República Dominicana se enfrenta a 25 años de la epidemia del VIH con por lo menos 66.000 de los 8,7 millones de los dominicanos infectados y estima que más de 95.700 tienen el virus. Al mismo tiempo, los recursos para atender el virus y prevenir su propagación se asemejan a los de principios de los años 80 en los Estados Unidos.
Los cocteles de medicamentos que han salvado las vidas de pacientes estadounidenses con VIH durante una década han estado disponibles sólo para los pacientes más privilegiados en la República Dominicana en los últimos años. Muchos pacientes continúan viviendo sin los medicamentos, lo cual incrementa las posibilidades de que propaguen la enfermedad.
"Mucha gente continúa muriéndose", dijo Butler de Lister. Nadie sabe cuántos han muerto de sida "porque es un estigma".
"La mayoría de las personas mueren de cualquier otra cosa menos de sida. Pero algunos estudios en Santo Domingo han señalado al sida como la principal causa de muerte entre mujeres en edad reproductiva".
Cuando una amiga le presentó a May hace seis años, dijo Butler de Lister, "este hombre estaba preocupado sobre las prisiones y yo no tenía interés en las prisiones. Estaba interesada en desarrollar la respuesta al sida en este país. Pero decidí apoyar a este estadounidense que quería ir a la cárcel. La primera vez que entré a La Victoria, jamás la olvidaré".
Era el año 2000. Ellos visitaron la prisión y vieron a un hombre muriendo de sida, encerrado en una sala con pacientes con tuberculosis contagiosa.
"La parte extraña es que ellos pensaban que estaban haciendo lo correcto", dijo Butler de Lister.
Vieron una clínica sin equipo de esterilización y prisioneros infectados con tuberculosis compartiendo celdas cerca de reos saludables. Los presos se cuidaban los unos a los otros, hasta cosiendo heridas.
"Era un sistema organizado por anomalías, marcado por la corrupción y la falta de humanidad", dijo Butler de Lister. Con condiciones horrendas prevaleciendo alrededor de la prisión, era difícil saber donde comenzar.
"Pero la parte interesante del enfoque de John era tan simple, y barata", dijo Butler de Lister.
Incluía una lista de 10 preguntas para los nuevos reos, dijo ella. "Podías enterarte si una persona tiene una enfermedad contagiosa o un padecimiento crónico", dijo Butler de Lister. Antes de la llegada de May, el enfoque de la prisión para aprender esa información, dijo Butler de Lister, consistía en "nada, cero".
Desde esa visita, May ha traído equipos de esterilización y una máquina de rayos X a la prisión. Los oficiales de la cárcel dicen que utilizan las preguntas sobre la salud que May les proporcionó. Un apartamento para un médico fue creado para que un profesional de la salud pudiera permanecer en la prisión, y pacientes con tuberculosis en la etapa más contagiosa ahora son separados de otros pacientes.
"Lo que aprendí sobre cómo trabaja John es que es cortés", dijo Butler de Lister. "Usualmente, cuando vienes de un país desarrollado, dices, 'Yo sé lo que estoy haciendo y así es cómo funciona'. John no hace eso. Pero poco a poco hizo que ellos cambiaran sus actitudes".
Empleados buscan ayuda
En esta visita, Butler de Lister y su hermana, Grace Butler Mejía, quien ayuda a administrar la Fundación Génesis, se unieron a May. May también trajo a otro médico de Armor, la Dra. Ana Viamonte Ros, y una copia de los estándares de la operación de cárceles del American Correctional Association, incluyendo cuidados médicos, en español.
Antes de dirigirse hacia La Victoria, May tuvo una cita para darle el libro al director general de la prisión en una oficina gubernamental en la ciudad, donde se había ido la luz y un generador enviaba electricidad para las luces pero no para el aire acondicionado.
El director general, Juan Ramón de la Cruz Martínez, le dio la bienvenida a May y a su grupo en una sala de conferencias, y agradeció su ayuda. Dijo que sus empleados podrían utilizar cualquier entrenamiento y herramientas que May pudiera proveerles mientras que no interfirieran con programas existentes. Los esfuerzos por parte del gobierno para mejorar la vida y los cuidados de salud de la prisión iban por buen camino, dijo Martínez.
"Estoy diciendo eso", dijo Martínez, "en un edificio sin corriente".
Aunque en la reunión otros estuvieron de acuerdo con que el gobierno está mejorando sus facilidades penales, comenzando por las más pequeñas, la sala para los pacientes más contagiosos con tuberculosis en La Victoria es lo mejor que se llega a tener en esta prisión, a unas 11 millas del centro gubernamental.
Una celda de 10 por 20 pies con dos niveles de losas de concreto usadas como camas para unos 20 hombres, es casi ajena al confort y a las señales de que es una sala para personas recuperándose de una horrible enfermedad.
Pero la mayor preocupación de May era que los prisioneros estaban siendo acomodados en una sala altamente contagiosa sin primero ser examinados para confirmar si tenían o no tuberculosis, y que estos reos posiblemente no se quejarían por estar allí.
"Porque", dijo May, "es mejor aquí que en cualquier otro lugar".
La prisión tiene un médico que atiende pacientes con VIH que ahora viene dos veces por semana. El dice que ha tenido cinco pacientes con VIH, pero fueron liberados.
Ahora, dice que no tiene pacientes con VIH.
"Pregúntele con qué frecuencia hace pruebas", dijo May.
Constantemente, responde el doctor.
Pero el primer paciente en fila para una prueba rápida del VIH probablemente tenga el virus, dijo May.
De aspecto demacrado, el hombre mira perdidamente al suelo. Tenía 34 años, había estado en la cárcel durante cinco años y firmó su nombre en una hoja de aprobación con tres equis pequeñas. A la espera de ser liberado en noviembre, había estado escondiéndose durante tres semanas, y finalmente apareció débil y con fiebre el día anterior.
No había sido examinado para el VIH o la tuberculosis, pero había sido enviado a la sala para pacientes contagiosos.
"Probablemente no tenga tuberculosis, pero estoy seguro que tiene VIH. No debería estar con pacientes con tuberculosis. Si no tuvo tuberculosis antes, ahora la tiene", dijo May.
La prueba, la cual puede demorar 20 minutos en mostrar resultados, comenzaba a mostrar que el hombre daría positivo al VIH después que una gota de sangre tocó la cinta.
Mirando de forma triste a sus pies, el prisionero fue hacia otra sala, donde dos pacientes estaban acostados en camillas y un guardia tras un escritorio dormía la siesta con la cabeza entre los brazos, una jeringa hipodérmica a pulgadas de su codo.
Nuevamente en la sala de pruebas, algunos pacientes en fila para una prueba tenían formularios de consentimiento que habían firmado hacía tres meses.
Los exámenes no estaban disponibles en ese entonces, explicó uno de los trabajadores.
"Pero", dijo May, "nos acaban de decir que ellos hacen las pruebas constantemente".
May pidió un recorrido de la prisión después de que se fueron los reos a almorzar.
En una enfermería en un edificio cerca de la clínica, unos 30 hombres estaban acostados en losas de concreto, sus cuerpos gastados, sus ojos mirando desde cuencas ondas.
Letras pintadas en la pared decían que Higiene es Salud.
Algunos tenían VIH, le dijo a May el empleado que servía de líder del grupo.
"¿Ves la falta de conexión?", dijo May. "Nos dijeron que nadie tenía VIH".
Un estándar de cuidado
Sólo el primero de los 14 reos de la mañana salió positivo en la prueba.
Los prisioneros sonrieron, reían con alivio, alzaron los brazos en señal de victoria cuando conocían que sus pruebas salieron negativas.
"Pregúntele si ha tenido sexo aquí en la prisión, y pregúntele si ha usado protección", dijo May a un traductor.
Sí, y no, contestó el hombre.
"Dile que es afortunado en este momento, pero a lo mejor no lo será la próxima vez", dijo May.
El día después de la visita de May, el Consejo Presidencial para el sida de la República Dominicana anunció que planeaba examinar a los 4.000 presos de La Victoria de VIH. El examen se realizaría en un laboratorio recientemente instalado en la cárcel.
"El cual no vimos porque la puerta estaba cerrada, y nadie tenía la llave", dijo Butler de Lister.
El consejo también dijo que todos los que necesitaran medicamentos los tendrían.
Pero el paciente que resultó positivo el día de la visita de May no podía recibir tratamiento, hasta que un médico escribiera una carta a la oficina de la prisión, la cual a su vez tendría que devolver la carta, otorgando el permiso.
La petición no podía ser enviada por correo electrónico, dijo Butler Mejía, "porque nadie sabe cómo usar una computadora, y la corriente se va la mayoría del tiempo".
Con su tratamiento incierto, el prisionero ha sido devuelto a la sala de tuberculosis.
"Haa habido mejorías, pero no siempre funcionan perfectamente", dijo May.
El regresó a los Estados Unidos con un vial lleno de sangre de un hombre que, al ser examinada en un laboratorio, mostró que tenía un estado avanzado de sida.
"La estrategia ahora es enfocarse en nuevos pacientes, como éste, y demostrar cuidados apropiados y servicios para los otros pacientes", dijo May. "La necesidad ética de hacer algo por este hombre servirá como ejemplo de lo que se necesita hacer".
El regresará a La Victoria en un par de semanas para atender al prisionero.
"Realmente quiero demostrar que podemos ser exitosos y luchar para que ellos sean exitosos", dijo May.
En los Estados Unidos, este prisionero podría sobrevivir, dijo May.
¿Pero en La Victoria?
May se detiene.
"Haré todo lo posible".






















