Friday, September 15, 2006
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Su propia enfermedad fue el motivo de que Diana Molero-Garrido, oriunda de Maracaibo, Venezuela, estudiara medicina y el amor, la razón por la que dejó atrás su profesión, familia y amigos, para mudarse a la Florida, donde trabaja como asistente de ultrasonido en una práctica de obstetricia.
Molero-Garrido padece diabetes tipo I desde los 6 años, y ahora usa una bomba de insulina, que ella misma regula, para no tener que inyectarse varias veces al día. Su eterna sonrisa no delata las dificultades que ha tenido que superar a lo largo de su vida.
"(La diabetes) fue lo que me impulsó a estudiar endocrinología. Fui médico por aprender cómo era mi cuerpo y qué esperar de mi enfermedad. De niña me sentía mal. Recuerdo que en las fiestas los demás comían dulces y yo no podía. Pero me encerraba en el baño y lo hacía a escondidas. Sentía que los adultos me miraban con lástima, por tener una minusvalía. Entonces me propuse demostrar a los demás que sí podía", recuerda Molero-Garrido, de 35 años.
Dice que siempre fue una excelente estudiante, y que participaba en campeonatos de conocimientos. Su propio médico le dijo que no estudiara medicina, sino algo más fácil, que no le provocara tanto estrés, pero ella afirma: "Gracias al impulso de 'sí puedo ir más allá' es que todo lo que me he propuesto en la vida lo he conseguido".
Se graduó cum laude de la Universidad de los Andes, e hizo un postgrado de 3 años. También trabajó tres años de médica general, en Venezuela.
"Me encantaba mi trabajo en el hospital y en ambulatorios rurales, ayudando a la comunidad. Atendía en emergencias, asistía a las casas de los pacientes, vacunaba a los niños y los educaba en buena alimentación e higiene personal", aseguró.
Lo que menos le gustaba era ver morir a la gente. En particular, le marcó el caso de una niña que llegó muerta a la sala de emergencia, por una crisis de asma, y el de un niño de 4 años, que llegó en coma, y que estuvo varios días entre la vida y la muerte.
"Ahora tiene 10 años y me escribe e-mails. Me involucré mucho en aquel caso", dijo.
En 1999, su vida dio un vuelco, cuando una amiga le presentó por teléfono a su hermano, Néstor, que vivía en la Florida.
"Estuvimos hora y cuarto hablando, sin conocernos. Mi mamá me dijo que ya parecíamos novios. Días después, comenzamos una correspondencia por e-mail, durante mes y medio. Vino a verme en enero del 2000. Los dos estábamos nerviosos, pero cuando nos vimos, nos reconocimos y nos gustamos", agregó.
La amistad de lejos continuó hasta que el 14 de febrero, se hicieron novios por teléfono.
"Luego, él vino a verme a Venezuela con sus hijos, y en agosto de aquel año vine con mi hermana a visitarlo a Palm Beach. Me propuso matrimonio en la playa, y el 5 de enero de 2001 nos casamos, y fuimos de luna de miel a Naples y Fort Myers", señaló.
El 14 de febrero, se casaron por la iglesia en Venezuela, y el año siguiente lo pasaron viviendo separados, cada uno trabajando en un país diferente, hasta que ella terminó su postgrado , y se mudó a West Palm Beach.
"En realidad renuncié a mi profesión, ya que aquí tendría que estudiar muchísimo para convalidar los estudios, y ahora mismo no me es posible. Además, no hablaba inglés cuando llegué. Hice un curso en el 2002, y empecé a trabajar como asistente médico en West Palm".
A pesar de las posibles dificultades de un embarazo, dada su condición física, Molero-Garrido quedó embarazada ese mismo año, y en junio del 2003, nació su hija Adriana, que ahora tiene 3 años.
"Luego empecé a estudiar ultrasonido, porque me gustaba ayudar a las embarazadas a ver a sus bebés. Fue una época difícil. Trabajaba, estudiaba y atendía a la niña. Mi esposo tenía dos trabajos. Eso duró dos años, y luego trabajé on call para un hospital de Fort Pierce", señaló.
La familia se mudó a Port St. Lucie a principios de este año. En las mañanas, Molero-Garrido trabaja en una compañía de ultrasonido en Port St. Lucie, y por las tardes, en West Palm Beach en la oficina de un obstetra, como ingeniera de ultrasonido.
"Lo que más me gusta es trabajar con los pacientes y saber que a través de mi trabajo proporciono un bienestar a alguien, sobre todo cuando doy buenas noticias. Lo que menos me gusta, es ver defectos en los bebés. Me rompe el corazón".
Molero-Garrido recomienda a otros inmigrantes que luchen por lo que quieren, porque se puede conseguir cualquier cosa, trabajando duro y sacrificando algunas cosas.
"A corto plazo voy a trabajar duro para que cuando mi niña esté en la escuela, poder estar en casa cuando ella llegue. A largo plazo, tengo dos metas, encaminadas en cosas diferentes. O bien pasar mis exámenes de medicina para poder ejercer en los Estados Unidos, o montar mi propia compañía de ultrasonido", explicó.
Aunque confiesa que añora mucho poder trabajar como médica, y admite que a menudo se siente atada de pies y manos, porque no puede tratar ni a su propia familia, el sacrificio ha valido la pena.
"Hasta el sol de hoy no me arrepiento de la decisión que tomé. Tal vez me frustro profesionalmente, pero como ser humano, como madre, esposa y como hija, soy feliz. Además, la distancia me ha permitido aprender a valorar más a mis padres", concluyó.