Friday, April 25, 2008
Las impresiones que se han quedado conmigo de la visita pastoral del Santo Padre, Benedicto XVI, a EE.UU. son muchas y variadas.
Ante todo, les puedo contar de mi experiencia personal de alegría al verlo en Washington. Lo vi primero, por sólo momentos, cuando pasaba el Papa Móvil antes de que llegara a la Universidad Católica de América, el miércoles 20 de abril. La mañana siguiente, me dio alegría grandísima de concelebrar con él en la gran Misa en el Nationals Park, también en la capital norteamericana. El día no hubiera podido estar más bello para reunir al aire libre a 47.000 católicos para celebrar con gozo la presencia entre ellos del Vicario de Cristo y lo que es más importante, para gozar de la presencia real en la Eucaristía del mismo Jesucristo Nuestro Señor.
Fueron causa de muchos comentarios algunos de los temas que tocó el Papa durante su visita de cinco días a estas tierras. Vale la pena notar que la primera pregunta que escogió responder en una reunión que tuvo con los reporteros a bordo de su avión hacia Washington tuvo que ver con el escándalo de abuso sexual de niños y jóvenes por parte de miembros del clero.
En esa ocasión dijo: "Es un gran sufrimiento para la Iglesia en los Estados Unidos y para la Iglesia en general, y para mí personalmente, el hecho que todo esto haya podido suceder.... Me siento avergonzado y haremos todo lo posible para asegurar que esto no se repita en el futuro".
Luego, hablándoles a los obispos norteamericanos el miércoles, reunidos en la Basílica de la Inmaculada Concepción, el Papa de nuevo habló de vergüenza al describir estos eventos, y dijo: "Es una responsabilidad que os viene de Dios, como Pastores, la de (sanar) las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados".
El Papa dio evidencia que entendía la gravedad del problema al reunirse con varias víctimas en la nunciatura en Washington, rezando con ellos y dándoles la oportunidad de expresarle todo su dolor.
Otro tema que el Papa también trató en esa entrevista a 35.000 pies de altura tuvo que ver con la inmigración hispana a EE.UU. Después de reconocer que a largo plano, lo mejor sería que se pudieran mejorar las economías de los países latinoamericanos para que la gente no tuviera el deseo de abandonar sus patrias, dijo: "Es muy importante ayudar sobre todo a las familias. A la luz de los coloquios que he tenido con los obispos, el problema principal es que sean protegidas las familias, que no sean destruidas. Cuanto se pueda hacer, se debe hacer. Luego, naturalmente, hace falta hacer lo posible en contra de la precariedad y contra todas las violencias y ayudar para que puedan tener una vida digna ahí donde están actualmente".
El tema de la inmigración, sin proponer políticas particulares, pero llamando la atención a la dignidad de cada persona, salió también en la reunión con el Presidente George W. Bush, en la reunión con los obispos, y en las misas públicas en Washington y Nueva York. Un tema adicional importante durante la visita del Papa fue el de la verdad. En varias ocasiones enfatizó que la verdad existe y vale la pena buscarla. En la misa en Yankee Stadium en Nueva York, habló fuertemente de este tema, dirigiéndose a los jóvenes: "Que encuentren la audacia de proclamar a Cristo, 'el mismo ayer, hoy y siempre', y las verdades inmutables que se fundamentan en él (cf. Gaudium et spes, 10; Hb 13,8): son verdades que nos hacen libres.
Se trata de las únicas verdades que pueden garantizar el respeto de la dignidad y de los derechos de todo hombre, mujer y niño en nuestro mundo, incluidos los más indefensos de todos los seres humanos, como los niños que están aún en el seno materno".
La negación de la verdad objetiva la ve el Papa en las violaciones de los derechos humanos y en las guerras, en el aborto, en la destrucción de la vida matrimonial y familiar, en el temor que tienen tantos jóvenes al compromiso permanente.
En sus días en EE.UU., el Papa nos brindó la esperanza que los pecados contra los niños en la Iglesia, causando tanto dolor y tristeza, nunca jamás serán tolerados. Nos brindó la esperanza que nuestro país puede cumplir con su misión de acogida para cada persona humana, desde el niño más débil en el seno materno, al inmigrante, al pobre y desamparado.
El Rev. Padre Alfredo I. Hernández es párroco de la Iglesia Católica Santa Juliana. Su correo electrónico es fralfredo@stjulianacatholicchurch.com.