Friday, May 09, 2008
Concluye este domingo el tiempo de Pascua con la gran fiesta de Pentecostés, en la cual celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús, 50 días después de la resurrección de Jesús (cf. Hechos 2, 1-11).
Durante la reciente visita pastoral del Papa Benedicto XVI, pidió en particular que la Iglesia en los Estados Unidos experimentara un nuevo Pentecostés, un nuevo respirar en ella del Espíritu Santo, con todos sus dones.
¿Qué significa pedir que haya un nuevo Pentecostés? Si vemos lo que sucedió en ese momento en el cual comenzó la misión pública de la Iglesia, lo primero que sucedió fue que el Espíritu Santo les quitó el miedo. Pudieron los discípulos, que habían estado a puertas cerradas desde la ascensión de Jesús al cielo 10 días antes, salir y predicar sobre Jesús con valentía. Tantas veces lo que crea un obstáculo para que los cristianos vivan plenamente la vida de Cristo y lo proclamen a El es el miedo.
Podemos temer que la gente dirá que somos fanáticos si parecemos demasiado religiosos. Podemos temer que si hablamos de Jesús algunos nos rechacen. Podemos temer que será muy difícil ser coherentes con las demandas de la fe. Podemos temer, como tienen razón por temer tantos cristianos que viven en situaciones de persecución religiosa, que nos va costar demasiado ser cristianos.
Por lo tanto, pedir un nuevo Pentecostés es ante todo pedir que el Espíritu Santo nos de el valor de ser cristianos católicos comprometidos, sin temor de proclamar nuestra fe y de vivirla plenamente. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Danos ese valor que necesitamos!
Un nuevo Pentecostés significa además pedir que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de la unidad (cf. 1 Corintios 12, 12-13), nos de la unidad. Una de las razones por las cuales el Santo Padre vino a los Estados Unidos fue para celebrar el bicentenario de la erección del primer gran momento de crecimiento en la Iglesia norteamericana, cuando Baltimore fue erigida como arquidiócesis y Nueva York, Boston, Filadelfia y Louisville fueron establecidas como diócesis.
En esos 200 años, el reto constante de la Iglesia Católica en los Estados Unidos, y a la misma vez su bendición más grande, ha sido la diversidad.
En la primera mitad del siglo XIX, los católicos venían más que todo de Inglaterra y Escocia, y algunos de Francia y de Canadá. Los sacerdotes dispuestos a venir a acompañarlos venían muchos de Francia, y los angloparlantes con frecuencia se quejaban de no entender a los sacerdotes. Hubo muchos conflictos, y en algunas ocasiones las parroquias hasta les cerraron las puertas a los sacerdotes enviados por los obispos. Luego, con la gran hambruna que sufrió Irlanda en la época de 1840, empezó la primera gran ola de inmigración. A pesar del hecho de que los irlandeses hablaban el inglés, hubo mucha discriminación en contra de ellos, dentro y fuera de la Iglesia. Después que ellos se establecieron como la mayoría en la Iglesia Católica, ellos también resistieron las siguientes olas de inmigración católica; de países como Alemania, Italia y Polonia.
Ahora, en nuestros tiempos, la inmigración católica a los Estados Unidos viene sobre todo de América Latina, pero también de Haití, Asia y Filipinas. Sigue habiendo un lazo muy fuerte entre las tendencias xenófobas y las anticatólicas.
Pedir un nuevo Pentecostés significa suplicarle al Espíritu Santo que nos ayude como católicos a dar gracias por el gran don de la diversidad en nuestra Iglesia, y a poder vivir en unidad como un solo Cuerpo de Cristo. Es el Espíritu Santo el que nos une en la diversidad. ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Danos el don de la unidad en la diversidad!
El Rev. Padre Alfredo I. Hernández es párroco de la iglesia Católica Santa Juliana. Su correo electrónico es fralfredo@stjulianacatholicchurch.com.
