Friday, April 04, 2008
Siglos antes de la Conquista, los pobladores del páramo venezolano acostumbraban disfrutar del chimó, uno de los tabacos de mascar más antiguos del mundo.
El chimó, al que también se le conoce como chimón, moo, chimoho, chimú y mohom, es una especie de jalea de tabaco elaborada por las comunidades indígenas de Venezuela, sobre todo del estado de Mérida, ubicado en la región andina al oeste del país.
Específicamente, cuando se habla del chimó, se habla de un producto mineral con alto contenido de sodio que se encuentra en la Laguna de Urao, ubicada precisamente en el estado de Mérida y declarada monumento natural de Venezuela por ser la única laguna de agua salada en el país.
Una antigua leyenda indígena dice que, precisamente, el producto salino que se encuentra en el fondo de esta laguna provino de las lágrimas de las hijas de un cacique tras el desplazamiento de la tribu de sus tierras.
Lloraron día y noche por varios días, y mientras sus lágrimas saladas corrían por la cordillera de Mérida, iban acumulándose poquito a poco, creando una laguna.
Cada invierno durante los años después de su creación, la nieve cayó por encima de esta laguna y al hacerlo, cuenta la leyenda, se mezcló con el exceso de sodio de las lágrimas de las jóvenes indígenas, convirtiéndose en piedras o incrustaciones blanquecinas de sal, lo que ahora conocemos como urao, también conocido como trona, un carbonato de sosa cristalizado.
De cualquier forma, lo cierto es que debido a que al fondo de sus aguas se encuentran grandes cantidades de este producto mineral, se le otorgó el nombre de Laguna de Urao.
De alguna manera, los indígenas que llegaron a habitar en los alrededores de la laguna descubrieron el modo de mezclar el mineral de urao con hojas de tabaco para elaborar una especie de pasta para masticar, es decir, el chimó.
Crónicas históricas narran que, en 1555, cuando los primeros españoles llegaron a esta región de los Andes, se asombraron al observar cómo los indígenas que pertenecían a las tribus del área, disfrutaban de lo que describían como una extraña sustancia que masticaban con frecuencia.
Dentro de las observaciones documentadas por los exploradores europeos, se encuentran detalladas descripciones de la manera en la que los indígenas se zambullían en las aguas de la laguna, nadando hasta el fondo de la misma en busca de una especie de roca blanca, la cual ahora sabemos era urao, su preciado mineral.
Luego, tomaban el mineral, lo pulverizaban y lo mezclaban con un extracto de tabaco, formando una pasta de color oscuro que luego colocaban en sus bocas y luego escupían, pero que, de acuerdo a sus observaciones, parecían disfrutar.
Se sabe también que ya para el siglo XVIII, la afición al chimó por parte de los indígenas era tan grande que se cultivaba tabaco exclusivamente para la elaboración del mismo.
En esa época, los nativos consideraban que el chimó no sólo era para degustarse, sino que también, le atribuían propiedades curativas, utilizándolo también como remedio medicinal.
Hoy en día, el chimó se sigue consumiendo a lo largo y ancho del páramo venezolano.
Su proceso de elaboración es muy similar al antiguo. Miembros de los pueblos indígenas que aún habitan en el área, así como criollos, se dedican a extraer el urao de la laguna de la misma manera que lo hacían sus antepasados.
Aquellos que se dedican a su elaboración, mezclan el urao con el tabaco y luego lo colocan en un recipiente de metal y lo ponen al fuego.
Luego permiten que la mezcla se decante, dejándola secar hasta obtener una consistencia blanda.
Entonces, la sustancia que resulta se puede empaquetar y preparar para su venta y consumo.
Aunque en un principio el chimó era más bien una tradición exclusiva de las comunidades indígenas de Venezuela, poco a poco, esto ha ido cambiando.
En los últimos años, masticar chimó se ha convertido en un hábito popular entre adultos y jóvenes venezolanos de las áreas urbanas, quienes encuentran en él una alternativa al cigarrillo.
Precisamente, parte de su atractivo es que produce un efecto placentero a todo aquel que lo consume.
Entre sus efectos, dicen, se encuentran un sentido de euforia, un incremento de energía, y una disminución del apetito.
Aquellos que gustan de él, lo prefieren también pues, a diferencia del cigarrillo, no tienen que fumarlo.
Para degustarlo, los adeptos al chimó toman una pequeña porción de esta pasta, y luego la colocan justo detrás de sus dientes anteriores.
Al hacer esto, al parecer, las glándulas salivares se activan, por lo que deben escupir con frecuencia.
Sin embargo, es importante recalcar que, aunque los pueblos indígenas han disfrutado del chimó por varios siglos, los médicos alertan que esta sustancia es sin duda, nociva para la salud pues, a final de cuentas, contiene tabaco.
Aún así, el chimó sobrevive como hábito y tradición heredados de los pueblos más antiguos de Venezuela.