Benteveo, un ave de extraños presagios
Leyenda: canto se inicia en burla


La Palma

Friday, May 16, 2008

De acuerdo a una antigua leyenda guaraní, el benteveo, un aparentemente simpático pajarito del continente americano, puede que esconda un pasado algo cruel.

El benteveo, cuyo nombre científico es pitangus sulphuratus, es un ave de largo pico, alas largas y patas cortas. Su cabeza es grande y de color negro. Además, tiene dos franjas blancas que le dan el aspecto de tener una especie de antifaz negro sobre sus ojos. Algo que también lo distingue fácilmente entre otras aves es su pecho de color amarillo brillante.

Sin embargo, su particular canto es, sin duda, su característica principal. En general, no se describe su canto como agradable, más bien, como ruidoso. En vez de emitir un canto, se dice, emite una especie de grito.

Es precisamente este grito, el cual se interpreta de distintas formas, lo que ha hecho que en Latinoamérica se le llame de distintas maneras. En algunos lugares le conocen como cristofué y pitogüé, entre otros, pues la gente piensa que esto es lo que dice el pájaro cuando canta, aunque los nombres más comunes con los que le identifican son benteveo y "bicho feo".

Una leyenda guaraní habla precisamente del origen de esta ave y su canto.

La leyenda cuenta que cerca del gran Paraná, vivía una mujer indígena de nombre Akitá y su esposo, Mondorí, junto a su pequeño hijo Sagua-á en una humilde cabaña. Tras la muerte de su madre, Akitá abrió las puertas de su casa a su anciano padre para que este no sufriera de soledad y tuviese un techo y la compañía de su familia.

El abuelo se encariñó rápidamente con el pequeño de ocho años. Era inevitable, a él le tocaba cuidar al niño mientras sus padres se iban a trabajar diariamente.

Así fue durante varios meses. Durante el transcurso del tiempo, el abuelo le enseñó a su nieto una infinidad de destrezas —a utilizar el arco y la flecha, a cazar, pescar y a obtener miel de los panales de abejas.

Ir de paseo por el bosque e ir de pesca al río se convirtieron en las actividades preferidas del niño.

Nada hacía más feliz al abuelo que complacer a su adorado nieto. A pesar de su vejez y sus malestares debido a su avanzada edad, el complacía todos sus deseos.

Eventualmente, las fuerzas empezaron a abandonar al pobre anciano.

Aunque intentaba sacar fortaleza y energía para llevar a su nieto al río y al bosque, llegó el momento en el que ya no pudo más. Sin poder hacerlo, no tenía otra alternativa que quedarse quietecito en la cabaña, tejiendo cestos para que su nieto recogiera fruta y afilando flechas de madera para su nieto.

Pero para el niño esto no era suficiente. El abandonaba a su abuelo a pesar de que éste se encontraba enfermo, y se iba a divertirse al bosque.

El abuelo nunca confesó lo que su nieto hacía pues su cariño por él era inmenso.

Aún así, los padres se percataron de lo que el niño hacía. Ellos lo reprendieron diciéndole que debía corresponder a la bondad y entrega que su abuelo le había demostrado por tanto tiempo con agradecimiento y que debía atenderlo y cuidarlo ahora que el anciano se encontraba enfermo.

Pero el ingrato no estaba de acuerdo. Dentro de sí, sentía que él no tenía por qué hacer ningún sacrificio por un viejo cuando él se encontraba joven y fuerte.

Eventualmente, la condición del abuelo empeoró. Un buen día, el niño se quedó solo con él pero en vez de cuidarlo, se dedicó a organizar su arco y flecha para ir de caza al día siguiente.

De repente, Sagua-á escuchó el grito desesperado de su abuelo que le llamaba pidiéndole un poco de agua.

Pero el niño no se inmutó. En vez de alcanzarle el agua, se burló de él. El abuelo le dijo "mi vida se apaga como un pitogüé" —lo cual significa un cachimbo que se fue en guaraní— a lo que el muchacho respondió a manera de burla "pitogüé, pitogüé".

Al no recibir un trago de agua que apagara su sed, el anciano falleció. Mientras tanto, el niño continuó repitiendo, "pitogué, pitogué".

Mientras decía esto, cuenta la leyenda, su cuerpo se empezó a transformar. Su cuerpo se achicó y le empezaron a salir plumas de color pardo. Su boca se convirtió también en pico.

Al llegar los padres, encontraron al anciano sin vida, pero no al niño.

Sólo encontraron un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo que gritaba sin cesar: "pitogué, pitogué".

Había sucedido que Tupá, dios guaraní, había castigado a Sagua-á por su egoísmo y mal proceder, destinándolo a vivir como pájaro por el resto de sus días.

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