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Las apachetas, una tradición milenaria
Por VERONICA MARTINEZ
La Palma

Viernes, 03 de abril del 2009

Al caminar por los senderos de las montañas andinas, es casi inevitable encontrarse con las esculturas rocosas a las que los locales llaman apachetas.

Las apachetas son, a simple vista, montículos de piedras de diversos tamaños, creados intencionalmente por la mano del hombre. Se hallan en los caminos rurales de Bolivia, Chile, Argentina y Perú, generalmente en las abras, en las partes altas de las cuestas y al costado de los caminos.

Para los extranjeros que pasan cerca de ellas, puede que no sean más que montones de rocas sin importancia. Sin embargo, para los lugareños, forman parte de una tradición milenaria.

En efecto, las apachetas están relacionadas a un ritual que se realiza en honor a la Pachamama, es decir, la Madre Tierra.

Los cronistas describen cómo para los indígenas que habitaban en estas regiones andinas, estos montículos eran sagrados, lugares que les servían como altares para mostrar respeto y adoración a su deidad.

Ya sabiendo que pasarían por su camino, llevaban consigo alguna piedra para depositarla allí a manera de ofertorio. Al hacerlo, pedían a la Pachamama por su protección y las fuerzas necesarias para emprender o continuar su camino.

Esta tradición la continúan hasta el día de hoy los habitantes de estas regiones.

Algunos todavía lo hacen respetando la antigua creencia en honor a Pachamama, pero para la gran mayoría de viajantes, continuarla es más que nada una manera de atraer la buena suerte para que su travesía sea placentera y libre de cualquier infortunio.

Ahora, la piedra que un viajero desee añadir a una apacheta no puede ser una piedra cualquiera. Por lo general, debe ser una piedra blanca o de color claro.

Además de piedras, los peregrinos también colocan otro tipo de ofrendas, entre ellos, botellas de vidrio, hojas de coca y cigarrillos.

El acto de añadir una piedra a una apacheta es un ritual.

Aunque la manera en la que lo hace cada persona difiere, generalmente, el viajero se acerca respetuosamente a la apacheta, rocía las piedras con una bebida alcohólica, luego escupe encima de las mismas la coca que lleva en la boca, e introduce el cigarrillo que venía fumando en la tierra.

Finalmente, en profunda reverencia, dedica algunas palabras de adoración a Pachamama. Es entonces que puede continuar su camino.

Cada vez son menos los viajeros que se detienen al encontrarse una apacheta.

Pero la tradición continúa, tanto así que en la actualidad, existe un gran número de apachetas, particularmente en los Valles Calchaquíes, un sistema de valles y montañas de alrededor de 500 kilometros de largo que se extiende por las provincias de Catamarca, Tucumán y Salta, de Argentina, hasta cerca del límite con Bolivia.

Una de las áreas de apachetas más conocidas se encuentra en los límites de Humahuaca, ubicada en la provincia de Jujuy, al norte de Argentina. Allí, se encuentran una gran cantidad de apachetas, algunas evidentemente asentadas desde hace varios años.

Como el tamaño de la apacheta está directamente relacionado con qué tan transitado sea el camino, existen apachetas de diversos tamaños.

Algunos montículos son enormes en altura y circunferencia, creados con la aportación de decenas y hasta cientos de piedras. Hay quienes atestiguan haber visto de hasta 10 metros de diámetro y 3 metros de altura.

Se ignora cómo surgió esta costumbre, pero se cree que la apacheta fue creada por los incas, para adorar a la Pachamama.

Por otro lado, también hay "apachetas cristianas". Estas tienen el mismo aspecto que las originales, excepto que en el punto más alto tienen una cruz.

El origen de este tipo de apachetas está relacionado a la llegada de los españoles a los Andes.

Los conquistadores notaron que los indígenas dejaban ofrendas a sus dioses en estos montones de piedras, y concluyeron que debía ser un acto idólatra, por lo que les obligaron, en la gran mayoría de los casos, a destruirlas. Las pocas que sobrevivieron lo lograron al cumplir con la orden de los evangelizadores de colocar encima de ellas una cruz para "cristianizarlas".

La diferencia entre éstas y las apachetas indígenas también es evidente en el tipo de ofrendas. En vez de botellas de alcohol y hojas de coca, se ven flores de papel maché de colores brillantes, velas, fotografías de seres queridos, e imágenes de santos o de la Virgen María.

Sin embargo, tienen la misma función: cuidar al viajante en su camino por las montañas.

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